viernes 12 de octubre de 2007

Hilando un retazo

Una frase, o refrán que escribió G en su blog me dejo meditativa y perpleja.
Supe al leerla que ya la conocía, que ya la había escuchado o leído, no podía darme cuenta bien.
Intuí que podía formar parte de aquellos recuerdos que ahora varios años después me daba el gusto de ir a buscar, pero que titilaba indeciso sin que yo lograra atraparlo.
Anduve buscando en mi cabeza en forma intermitente por algunos días hasta que sin titubeos cayo un haz de luz directo sobre este retazo tirado al olvido.
Esta frase estaba, no solo en una estantería interior mía sino también en una estantería de madera en un pasillo oscuro de mi casa fuera del alcance de los niños y sobre todo de mi vida cotidiana.
En ese estante de madera se apilan cantidad de libros, algunas cartas, ninguna foto y pocas pero maravillosas manualidades, sobrevivientes a sucesivas mudanzas y limpiezas, tiradas de papeles y cosas viejas e inútiles.
Sobrevivientes a un tiempo en que nada de eso tuvo valor o peor aun destinadas al olvido y a ser tapadas por el polvo.
De inmediato fui al pasillo, encendí la luz y me incliné sobre los estantes.
Pasé por alto la cajita con las cartas y fui directo a los gastados y viejos libros.
Abrí uno a uno los libros que viajaron años desde mi casa a la cárcel y de la cárcel a mi casa buscando una pequeña anotación en birome azul.
En la primer hoja de los libros, impúdico y doloroso junto al apellido nuestro, el sello ovalado y negro de la cárcel.
Primer amontonijo de sonidos y olores que me hizo estornudar repetidas veces, con la intensidad que produce el polvo en las narices y mi alergia declarada a aquella cárcel.
Al final encontré la anotación en la primer hoja de una novela que relata la vuelta al mundo de un joven navegante solitario : Dove, escrito en alegres letras redondas y blancas con una foto del velero del mismo nombre.
Acaricié la tapa deteriorada en los bordes por el bicho miserable de las bibliotecas, como disculpándome por tantos años de descuido y abandono.
Me recosté contra la pared del estrecho pasillo de mi casa para dejarme ir hasta mi niñez, a una escena nítida y clara que emergió junto con Dove, y me llevo al comedor de mi casa oliendo a albóndigas en salsa de tomate.

Sin querer evitar la emoción de rescatar del estante del olvido otro retazo, me puse a hilar con difcultad las palabras para sacarlo de la soledad del oscuro pasillo al espacio luminoso y compartido de mi blog.

Mi padre llevaba meses incomunicado sin cartas, sin visitas, sin que nadie nos dijese nada de el. Absolutamente nada. Mis padres se ingeniaron para comunicarse a través de un libro semanal que tenia autorizado.
De esta manera supimos que mi padre se recuperaba de varias lesiones provocadas por las torturas durante los meses que estuvo desaparecido.
Mi madre estaba preocupada por su salud mental, su equilibrio psíquico, en esas circunstancias de aislamiento en una minúscula celda.
Y en este libro, Dove venia la respuesta de mi padre a su atinada preocupación.
Mi madre armó la frase debajo de la luz del comedor , al lado de la yerba y el jabón, las medias y las toallas que llevaría junto a las albóndigas al otro día a la cárcel.
Al finalizar, quedó unos instantes pensativa con el libro entre sus manos y luego nos llamó a mi hermano y a mi.
Carraspeó para aclararse la voz y leyó con firmeza el mensaje de mi padre.
Después levantó los ojos brillantes de orgullo recorriendo nuestras caras, tal vez buscando algún eco a sus sentimientos.
Mi hermano con su flamante bigotillo adolescente torció la boca con escepticismo.
Yo me encogí de hombros y hundí mi nariz en el café con leche sin entender y sin ánimo de preguntar.
Mi madre quedó unos minutos pensativa.
Después tomó una birome, se inclinó sobre la novela del viajante solitario y de su puño y letra escribió debajo del sello de la cárcel el mensaje de mi padre y luego guardó el libro en la biblioteca.

Tranquila.
Cito de memoria, debe de tener faltas
pero me ayuda a salir todos los días de mi celda
Navegare si necesse vivere non necesse.

Un abrazo a todos

4 comentarios:

Katia. dijo...

Puf!! Impresionante!! Comenzar a saber qué sentían aquellos niños que hoy ya crecieron, pega en el fondo del alma.
Sobre todo cuando uno estuvo en el calabozo trillando otros caminos.

Anónimo dijo...

pasé a ver otro retazo... otro pedacito de tu alma... te quiero!

Kequel dijo...

Qué doloroso Gianina.
Debieron ser tiempos muy difíciles.
No estoy de acuerdo con ese refrán que dice"El tiempo lo cura todo" hay heridas que jamás cicatrizan.
Gracias por tus comentarios en mi blog.
Un cálido abrazo.

sorjuana dijo...

Qué bárbaro!
Esto da gusto, y ¿quién mejor que yo para comentar sobre tu novela, eh?
Digo, es OBVIO que forma parte de ella...
Me motiva para escribir mi propio blog: ¿quién sabe qué maravillas puede uno llegar a catapultar en el hilado de retazos de los otros?