Hoy saqué los discos abandonados desde hace meses en el estante de una radio antigua. Los miré de a uno y empezé a seleccionar con alegria la música que tenía ganas de escuchar. En el pequeño grabador comenzaron a girar y siento que giro también triunfante. Hoy no encendi como una autómata la tele para que hubiera algo, la tele para no pensar, la tele para nada.
Corren magistrales los dedos de Ruben Gonzalez en el piano y yo quisiera que los mios corrieran así en el teclado de mi computadora.
Me siento vigorosa.
Acabo de encender una lámpara triangular de tela color lino que ilumina con calidez y suavidad el living donde estoy.
Sobre la mesita ratona de madera oscura tengo varios libros que estoy leyendo. Los saqué en préstamo de la biblioteca del barrio: “ Fiesta” y “Paris era una fiesta” de Hemingway y “Extraños en un tren” de P. Highsmith, que tal vez ya lo haya leido, pero no me importa. Estoy acostumbrada a leer más de una vez algunos libros sin problemas.
Ellos son mi trofeo.
Estuve meses sin siquiera poder leer una página invadida por una sensación brutal de desasosiego, y aunque lo intentaba no podía seguir el hilo, imposible.
En esos momentos me daba cuenta que aún no era yo, y me decia con la mayor calma posible: estoy angustiada. Y no tenia dudas que tenia que dejarlo pasar, que ya volveria a recuperar lo que siempre me ha gustado: leer.
Por eso en estas semanas en que he vuelto a leer me siento feliz, contenta, volvi, soy yo. Aca estoy.
Siento la tibieza rodeándome como el sol a la mañana.
miércoles 19 de noviembre de 2008
jueves 6 de noviembre de 2008
Me siento en el murito de ladrillo a la sombra del Eucalipto a disfrutar de la tarde cálida con mi mate recién preparado.
Mi hija de once años juega a las escondidas con la barra de amigos que viven en distintos blocks en esta misma manzana, atravesada por una calle peatonal donde abundan Plátanos y Eucaliptos.
Son como quince niños entre doce y seis años y juegan en equipos: varones contra nenas
Gritan, aplauden, silban, corren, inundan todo el espacio con sus gritos y las carreras vertiginosas desde el escondite hasta la pared de ladrillos donde está la pica. Mientras corren los que ya fueron encontrados gritan casi desaforados : dale Nacho, dale Cami.
Están todos traspirados, las mejillas ardientes, todos con los ojos brillantes. Están contentos.
Mientras tomo mate disfruto de escucharlos gritar y alborotar, de verlos pasar corriendo como flechas. Me encanta verlos jugar así.
Ellos discuten gritando, como si en el aire se les fueran a perder las voces, se rien fuerte y se ponen de acuerdo. Siguen jugando, ellos siguen corriendo y seguirán hasta avanzada la noche, sin parar. Son incansables.
Otra vez la quedan los varones. Con la cara contra la pared de ladrillos Manuel cuenta y luego dice en voz fuerte y firme: SALGO
Las carreras han cesado, también los gritos. Manuel mira para un lado y para otro haciendo volar su cerquillo rubio, y sale a buscar. Manuel es el más grande, el más robusto y tiene doce años.
De pronto empieza a encontrarlos de a uno y empiezan los gritos y las carreras. Pero… falta la mas chiquita del grupo. Falta Paulita.
Están todos gritando, que cuidado, que anda para acá, que veni, que esto y el otro, están todos nerviosos.
Pero Paulita no aparece y Manuel recorre primero los lugares mas cercanos, las plantas, los muritos, los parrilleros, los recodos posibles para esconderse. Se agacha, calcula, se aleja y vuelve. Las niñas gritan cosas a Paulita, pero Manuel sabe que es para despistarlo y aunque se pone nervioso no les hace caso. Los varones tratan de ayudar y también le dan indicaciones. No quieren volver a quedarla, porque ya van tres veces que la quedan….
Manuel no tiene más remedio que irse alejando cada vez más de la pica.
Lo hace con cuidado, atento, alerta, pero se aleja y da vuelta en la esquina.
Justo en ese momento Paulita con su pollerita de jean y sus bracitos como las aletas de Nemo sale corriendo como un pollito de atrás de un cactus y al llegar a la pared de ladrillo con voz cristalina y victoriosa dice: PICA POR TODOS LOS COMPA!
Me sonrío feliz. Las nenas saltan, se abrazan, se palmean, están felices: otra vez la quedan los varones.
Mi hija pasa corriendo y le digo aún sorprendida y en voz alta para que me escuche : Que increíble Paulita salió justito!.
Mi hija se vuelve hacia mi y se acerca con rapidez a decirme al oído:
Pauli tiene mi celu.
Mi hija de once años juega a las escondidas con la barra de amigos que viven en distintos blocks en esta misma manzana, atravesada por una calle peatonal donde abundan Plátanos y Eucaliptos.
Son como quince niños entre doce y seis años y juegan en equipos: varones contra nenas
Gritan, aplauden, silban, corren, inundan todo el espacio con sus gritos y las carreras vertiginosas desde el escondite hasta la pared de ladrillos donde está la pica. Mientras corren los que ya fueron encontrados gritan casi desaforados : dale Nacho, dale Cami.
Están todos traspirados, las mejillas ardientes, todos con los ojos brillantes. Están contentos.
Mientras tomo mate disfruto de escucharlos gritar y alborotar, de verlos pasar corriendo como flechas. Me encanta verlos jugar así.
Ellos discuten gritando, como si en el aire se les fueran a perder las voces, se rien fuerte y se ponen de acuerdo. Siguen jugando, ellos siguen corriendo y seguirán hasta avanzada la noche, sin parar. Son incansables.
Otra vez la quedan los varones. Con la cara contra la pared de ladrillos Manuel cuenta y luego dice en voz fuerte y firme: SALGO
Las carreras han cesado, también los gritos. Manuel mira para un lado y para otro haciendo volar su cerquillo rubio, y sale a buscar. Manuel es el más grande, el más robusto y tiene doce años.
De pronto empieza a encontrarlos de a uno y empiezan los gritos y las carreras. Pero… falta la mas chiquita del grupo. Falta Paulita.
Están todos gritando, que cuidado, que anda para acá, que veni, que esto y el otro, están todos nerviosos.
Pero Paulita no aparece y Manuel recorre primero los lugares mas cercanos, las plantas, los muritos, los parrilleros, los recodos posibles para esconderse. Se agacha, calcula, se aleja y vuelve. Las niñas gritan cosas a Paulita, pero Manuel sabe que es para despistarlo y aunque se pone nervioso no les hace caso. Los varones tratan de ayudar y también le dan indicaciones. No quieren volver a quedarla, porque ya van tres veces que la quedan….
Manuel no tiene más remedio que irse alejando cada vez más de la pica.
Lo hace con cuidado, atento, alerta, pero se aleja y da vuelta en la esquina.
Justo en ese momento Paulita con su pollerita de jean y sus bracitos como las aletas de Nemo sale corriendo como un pollito de atrás de un cactus y al llegar a la pared de ladrillo con voz cristalina y victoriosa dice: PICA POR TODOS LOS COMPA!
Me sonrío feliz. Las nenas saltan, se abrazan, se palmean, están felices: otra vez la quedan los varones.
Mi hija pasa corriendo y le digo aún sorprendida y en voz alta para que me escuche : Que increíble Paulita salió justito!.
Mi hija se vuelve hacia mi y se acerca con rapidez a decirme al oído:
Pauli tiene mi celu.
martes 4 de noviembre de 2008
Volvieron las rojas frutillas a iluminar la esquina del puesto de destartalados cajones.
Las niñas más grandes que dejé de ver el verano anterior salen con el calor a pasear su flamante adolescencia mostrando hombros y ombligos, despechadas y audaces a los muchachos que tirados al sol dejando escurrir las horas, las miran de reojo.
Alegres pandillas de escolares corren desenfrenados, ágiles y divertidos, sin que ni siquiera el mas agrio de los vecinos pueda intentar opacar la desmesurada energía que irradian por el aire en cánticos y risas salvajes.
Los mas pequeños han germinado en sus casas estos meses y salen a correr livianos de ropaje a la conquista de nuevos territorios lanzando gritos guturales al viento que les roza las pieles frescas y tersas.
Por las ventanas abiertas de mi casa se evapora el aliento gris de la humedad y el encierro y entran aires con olores nuevos que me acarician como un suave aleteo. Los árboles, los pájaros y el viento me susurran alegres conversaciones y el mar se agita en el aliento del barrio.
Mis pensamientos y mis sentimientos mudan de color y consistencia, se vuelven soleados y livianos.
Ya no camino a tientas entre puntiagudas soledades pálidas, sino que camino disfrutando cada paso de estar conmigo y de oler, escuchar, mirar, vivir en este barrio tan alegre como siempre.
Las niñas más grandes que dejé de ver el verano anterior salen con el calor a pasear su flamante adolescencia mostrando hombros y ombligos, despechadas y audaces a los muchachos que tirados al sol dejando escurrir las horas, las miran de reojo.
Alegres pandillas de escolares corren desenfrenados, ágiles y divertidos, sin que ni siquiera el mas agrio de los vecinos pueda intentar opacar la desmesurada energía que irradian por el aire en cánticos y risas salvajes.
Los mas pequeños han germinado en sus casas estos meses y salen a correr livianos de ropaje a la conquista de nuevos territorios lanzando gritos guturales al viento que les roza las pieles frescas y tersas.
Por las ventanas abiertas de mi casa se evapora el aliento gris de la humedad y el encierro y entran aires con olores nuevos que me acarician como un suave aleteo. Los árboles, los pájaros y el viento me susurran alegres conversaciones y el mar se agita en el aliento del barrio.
Mis pensamientos y mis sentimientos mudan de color y consistencia, se vuelven soleados y livianos.
Ya no camino a tientas entre puntiagudas soledades pálidas, sino que camino disfrutando cada paso de estar conmigo y de oler, escuchar, mirar, vivir en este barrio tan alegre como siempre.
martes 21 de octubre de 2008
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra....
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a donde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.
ANTONIO MACHADO
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra....
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a donde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.
ANTONIO MACHADO
sábado 22 de diciembre de 2007
Un retazo del 21 de diciembre de 1984
La noticia de la liberación de mi padre corrió rápidamente y todos los que se fueron enterando
vinieron para mi casa, antes incluso que llegásemos en un taxi desde la cárcel.
Vinieron mis tíos, mis primos, amigos de mi padre, amigos de mi madre, amigos de mi hermano, amigos míos, ex alumnos de mi padre, gente del barrio.
Incluso gente que no lo conocía pero venían a saludarlo y felicitarlo.
Venían a recibir a un preso político recién liberado.
Nunca había visto mi casa tan iluminada, con todas las luces encendidas, con tanta gente, tanta comida y bebida, como aquella noche en que entre nervios y alegría volvía mi padre después de nueve años.
El almacenero de la esquina mandó cajones de cerveza y refrescos. De la pizzería llegaron abundantes porciones de muzzarella y figazza. La pequeña heladera celeste estaba repleta de bebidas y habia sandwiches, pizzas, tortas dulces y saladas y varias botellas de whisky sobre el mármol blanco de la cocina, todo traido por la gente que se habia arrimado a mi casa.
Mi padre estaba sentado en los sillones de cuero negro del living que solo se usaba en ocasiones especiales, debajo de un cuadro de la Guernica que ocupaba toda la pared de ladrillos rojos.
Un cuadro que permaneció en mi casa a pesar de todo.
La armazón de lentes negros de mi padre se había roto y estaba remendada con cinta adhesiva. La remera blanca le colgaba de los hombros como de una percha, y por debajo de ella sobresalían todas las costillas. El vaquero gastado flotaba sobre sus huesos.
A pesar de eso su voz salia fuerte, segura.
Hablaba enganchando un tema con otro, intentando ponerse al dia con cada uno y con todos, mientras alrededor suyo, sentados y de pie los demás lo miraban y lo escuchan con respeto y admiración.
Mi padre irradiaba felicidad de poder preguntar y hablar con tanta gente de cosas mudanas: de que hacian, en que trabajaban, donde vivian y repasaba en su mente nombres de calles que habian cambiado en esos años.
La gente se iba turnando para estar en el living, porque no entraban todos ni había sillas suficientes en toda la casa. Muchos estaba de pie en el living, rodeando a mi padre un rato y luego pasaban al comedor, a la cocina y otros salían al balcón.
Todos se saludaban, se abrazaban. El clima era de festejo.
Había emoción y alegría en todos los rincones y en todos los rostros aquella noche tan esperada
Mi madre se había puesto las caravanas y el collar que solo usaba en ocasiones muy especiales. Sonriente recibía a la gente, organizaba las cosas en la cocina, agradeciendo a todos y a cada uno que hubieran ido a saludarnos y todo lo que llevaban.
Ella entraba al living, inspeccionaba con la mirada los vasos, los platos y los ceniceros llevandose los platos vacíos, los ceniceros sucios, las servilletas usadas y traía los ceniceros limpios y los platos llenos otra vez a la pequeña mesita del living desbordada como nunca antes de cosas.
Hacia todo sin interrumpir la conversación de mi padre ni molestar a nadie.
Estaba contenta y se le veía en el rostro, en el gesto amable y dulce.
Mi hermano en la cocina reponía las botellas de cerveza y refrescos en la vieja heladera, aun con su campera naranja de Salvavidas puesta, sin tiempo a cambiarse. Su cara brillaba en la noche resplandeciente por la noticia.
Servia la bebida en los vasos, sacaba cubos de hielo de la cubetera y los tiraba en vasos cortos de vidrio que hacia años estaban guardados.
Era una cálida noche de diciembre y el festejo ameritaba que todos bebiesen abundante.
Mi tía Gora no servia platos, ni bebida. Sentada a la izquierda de mi padre tomaba whisky agitando los hielos en el vaso entre sus dedos de largas uñas rojas.
A mi tía mientras mi padre contaba algo aunque no fuese cómico, le salía una risa grave que le ponía al asunto un ánimo festivo.
Porque Gora irradiaba alegría esa noche.
Alegría de volver a ver a su cuñado que hacia tantos años que no veia.
La alegría le salía por los ojos grandes de tupidas pestañas y recorría todo su elegante cuerpo, hasta llegarle a las sandalias de tacos de aguja, que movía coqueta al tiempo que tomaba su whisky, chocando con ganas su vaso con el de mi viejo.
Mi padre engullía sandwiches enteros, las muzarellas desaparecían dentro de su boca a una velocidad increíble, una tras otra, tragando sin masticar.
Comía con hambre.
Comia volviendo a sentir sabores, recuperando el placer de comer. De comer cosas ricas.
Y bebia un vaso tras otro. Sediento.
Primero cerveza bien fría, cerrando los ojos para aumentar el disfrute de beber esa jarra de cerveza helada que mi hermano le ofrecia, tantas veces soñada.
Y mi hermano le servia una y otra, y todas las que quisiera, y en ese pasaje complice de la jarra helada habia reconocimiento y orgullo.
Después de varias jarras de cerveza helada mi padre empezó a tomar whisky.
Y seguía hablando sin perder el hilo, sin que la voz le patinase, fresco como una lechuga, a pesar de la cantidad que tomaba, del cansancio, de los nervios, el mantenia una conversación fluida e interesante.
Mi padre seguía hablando, comiendo y bebiendo al mismo tiempo
La noche seguía avanzando y alguna hora dejó de llegar gente a mi casa.
Se quedaron los amigos y mi tía.
La casa seguía iluminada, llena de humo y alegría. Todos comentaban que mi viejo estaba muy bien, que era el mismo de siempre y esas cosas positivas.
En determinado momento mi padre preguntó :- Y.. que hora es?, con voz desconcertada.
Antes que alguien le contestara mi madre le alcanzó el reloj de mi hermano, que estaba sobre la heladera.
Mi padre lo tomó con un leve temblor.
Se lo empezó a colocar nervioso en la muñeca.
Allí todos vieron las cicatrices.
Las mismas que yo había visto cuando era niña y en una visita con curiosidad le había preguntado a mi padre que eran , a lo que el me respondió tajante y molesto : esposas.
Pero esa noche rodeada de gente en mi casa percibí en esas antiguas cicatrices rosadas que dejó el metal incrustándose en la carne indefensa, la desesperación y el dolor de muchas horas de horror que quedaron para siempre en la piel de mi padre, en el alma de nosotros.
Todos dejaron de hablar, un silencio sobrecogedor inundó el ambiente, mientras mi padre se ponía el reloj y todo veian las espantosas cicatrices en ambas muñecas
Se colocó el reloj y lo miró contento de recuperar un derecho usurpado en un tiempo arbitrario regido por otros, sin percatarse del estremecimiento que todo eso nos producía.
Mientras, mi madre se restregaba una mano con la otra nerviosa y miraba a mi padre con infinito cansancio y tristeza acumulada.
Sus ojos pequeños y miopes pestañearon fuerte conteniendo lágrimas nunca derramadas, ojos secos ya de tantas noches y días de angustiosa espera.
Su carita pequeña se tensó en aquel silencio emotivo, y la sonrisa apenas dibujada se mantuvo en su rostro.
Porque nada podía quitarle a ella aquel momento de felicidad.
Tan buscado, tan intensamente buscado.
Apartado de la reunión mi hermano siguió los movimientos de mi padre, su rostro se ensombreció y en sus ojos se asomó el dolor en una mirada extraviada de soledad y resentimiento.
Mi tía Gora ocultó sus bonitos ojos inundados bajando la vista con vergüenza, con pudor, sin querer mirar, deseando que nada estropease la felicidad del ambiente.
Quedamos unos instantes eternos envueltos en pensamientos y sentimientos diversos, con el dolor, la impotencia y el miedo asomando en los rostros quietos hasta que mi tía Gora se paró sobre sus altas sandalias y con todo su elegante cuerpo estirado dijo con voz firme, levantando alto su vaso: - Salud cuñado! -
De inmediato mi padre reaccionó, tomó su vaso, se puso de pie para estrecharlo con el de ella, con el de todos, que nos apuramos a llenar nuestros vasos y arrimarlo al de él.
Mi madre miró con agradecimiento a mi tía, levantando apenas su vaso tembloroso, acompañando sin palabras el brindis.
En el living apretujado de gente se oyeron los golpes de los vasos de vidrio en un instante en que sobraron las palabras y todos bebimos para celebrar y para olvidar.
vinieron para mi casa, antes incluso que llegásemos en un taxi desde la cárcel.
Vinieron mis tíos, mis primos, amigos de mi padre, amigos de mi madre, amigos de mi hermano, amigos míos, ex alumnos de mi padre, gente del barrio.
Incluso gente que no lo conocía pero venían a saludarlo y felicitarlo.
Venían a recibir a un preso político recién liberado.
Nunca había visto mi casa tan iluminada, con todas las luces encendidas, con tanta gente, tanta comida y bebida, como aquella noche en que entre nervios y alegría volvía mi padre después de nueve años.
El almacenero de la esquina mandó cajones de cerveza y refrescos. De la pizzería llegaron abundantes porciones de muzzarella y figazza. La pequeña heladera celeste estaba repleta de bebidas y habia sandwiches, pizzas, tortas dulces y saladas y varias botellas de whisky sobre el mármol blanco de la cocina, todo traido por la gente que se habia arrimado a mi casa.
Mi padre estaba sentado en los sillones de cuero negro del living que solo se usaba en ocasiones especiales, debajo de un cuadro de la Guernica que ocupaba toda la pared de ladrillos rojos.
Un cuadro que permaneció en mi casa a pesar de todo.
La armazón de lentes negros de mi padre se había roto y estaba remendada con cinta adhesiva. La remera blanca le colgaba de los hombros como de una percha, y por debajo de ella sobresalían todas las costillas. El vaquero gastado flotaba sobre sus huesos.
A pesar de eso su voz salia fuerte, segura.
Hablaba enganchando un tema con otro, intentando ponerse al dia con cada uno y con todos, mientras alrededor suyo, sentados y de pie los demás lo miraban y lo escuchan con respeto y admiración.
Mi padre irradiaba felicidad de poder preguntar y hablar con tanta gente de cosas mudanas: de que hacian, en que trabajaban, donde vivian y repasaba en su mente nombres de calles que habian cambiado en esos años.
La gente se iba turnando para estar en el living, porque no entraban todos ni había sillas suficientes en toda la casa. Muchos estaba de pie en el living, rodeando a mi padre un rato y luego pasaban al comedor, a la cocina y otros salían al balcón.
Todos se saludaban, se abrazaban. El clima era de festejo.
Había emoción y alegría en todos los rincones y en todos los rostros aquella noche tan esperada
Mi madre se había puesto las caravanas y el collar que solo usaba en ocasiones muy especiales. Sonriente recibía a la gente, organizaba las cosas en la cocina, agradeciendo a todos y a cada uno que hubieran ido a saludarnos y todo lo que llevaban.
Ella entraba al living, inspeccionaba con la mirada los vasos, los platos y los ceniceros llevandose los platos vacíos, los ceniceros sucios, las servilletas usadas y traía los ceniceros limpios y los platos llenos otra vez a la pequeña mesita del living desbordada como nunca antes de cosas.
Hacia todo sin interrumpir la conversación de mi padre ni molestar a nadie.
Estaba contenta y se le veía en el rostro, en el gesto amable y dulce.
Mi hermano en la cocina reponía las botellas de cerveza y refrescos en la vieja heladera, aun con su campera naranja de Salvavidas puesta, sin tiempo a cambiarse. Su cara brillaba en la noche resplandeciente por la noticia.
Servia la bebida en los vasos, sacaba cubos de hielo de la cubetera y los tiraba en vasos cortos de vidrio que hacia años estaban guardados.
Era una cálida noche de diciembre y el festejo ameritaba que todos bebiesen abundante.
Mi tía Gora no servia platos, ni bebida. Sentada a la izquierda de mi padre tomaba whisky agitando los hielos en el vaso entre sus dedos de largas uñas rojas.
A mi tía mientras mi padre contaba algo aunque no fuese cómico, le salía una risa grave que le ponía al asunto un ánimo festivo.
Porque Gora irradiaba alegría esa noche.
Alegría de volver a ver a su cuñado que hacia tantos años que no veia.
La alegría le salía por los ojos grandes de tupidas pestañas y recorría todo su elegante cuerpo, hasta llegarle a las sandalias de tacos de aguja, que movía coqueta al tiempo que tomaba su whisky, chocando con ganas su vaso con el de mi viejo.
Mi padre engullía sandwiches enteros, las muzarellas desaparecían dentro de su boca a una velocidad increíble, una tras otra, tragando sin masticar.
Comía con hambre.
Comia volviendo a sentir sabores, recuperando el placer de comer. De comer cosas ricas.
Y bebia un vaso tras otro. Sediento.
Primero cerveza bien fría, cerrando los ojos para aumentar el disfrute de beber esa jarra de cerveza helada que mi hermano le ofrecia, tantas veces soñada.
Y mi hermano le servia una y otra, y todas las que quisiera, y en ese pasaje complice de la jarra helada habia reconocimiento y orgullo.
Después de varias jarras de cerveza helada mi padre empezó a tomar whisky.
Y seguía hablando sin perder el hilo, sin que la voz le patinase, fresco como una lechuga, a pesar de la cantidad que tomaba, del cansancio, de los nervios, el mantenia una conversación fluida e interesante.
Mi padre seguía hablando, comiendo y bebiendo al mismo tiempo
La noche seguía avanzando y alguna hora dejó de llegar gente a mi casa.
Se quedaron los amigos y mi tía.
La casa seguía iluminada, llena de humo y alegría. Todos comentaban que mi viejo estaba muy bien, que era el mismo de siempre y esas cosas positivas.
En determinado momento mi padre preguntó :- Y.. que hora es?, con voz desconcertada.
Antes que alguien le contestara mi madre le alcanzó el reloj de mi hermano, que estaba sobre la heladera.
Mi padre lo tomó con un leve temblor.
Se lo empezó a colocar nervioso en la muñeca.
Allí todos vieron las cicatrices.
Las mismas que yo había visto cuando era niña y en una visita con curiosidad le había preguntado a mi padre que eran , a lo que el me respondió tajante y molesto : esposas.
Pero esa noche rodeada de gente en mi casa percibí en esas antiguas cicatrices rosadas que dejó el metal incrustándose en la carne indefensa, la desesperación y el dolor de muchas horas de horror que quedaron para siempre en la piel de mi padre, en el alma de nosotros.
Todos dejaron de hablar, un silencio sobrecogedor inundó el ambiente, mientras mi padre se ponía el reloj y todo veian las espantosas cicatrices en ambas muñecas
Se colocó el reloj y lo miró contento de recuperar un derecho usurpado en un tiempo arbitrario regido por otros, sin percatarse del estremecimiento que todo eso nos producía.
Mientras, mi madre se restregaba una mano con la otra nerviosa y miraba a mi padre con infinito cansancio y tristeza acumulada.
Sus ojos pequeños y miopes pestañearon fuerte conteniendo lágrimas nunca derramadas, ojos secos ya de tantas noches y días de angustiosa espera.
Su carita pequeña se tensó en aquel silencio emotivo, y la sonrisa apenas dibujada se mantuvo en su rostro.
Porque nada podía quitarle a ella aquel momento de felicidad.
Tan buscado, tan intensamente buscado.
Apartado de la reunión mi hermano siguió los movimientos de mi padre, su rostro se ensombreció y en sus ojos se asomó el dolor en una mirada extraviada de soledad y resentimiento.
Mi tía Gora ocultó sus bonitos ojos inundados bajando la vista con vergüenza, con pudor, sin querer mirar, deseando que nada estropease la felicidad del ambiente.
Quedamos unos instantes eternos envueltos en pensamientos y sentimientos diversos, con el dolor, la impotencia y el miedo asomando en los rostros quietos hasta que mi tía Gora se paró sobre sus altas sandalias y con todo su elegante cuerpo estirado dijo con voz firme, levantando alto su vaso: - Salud cuñado! -
De inmediato mi padre reaccionó, tomó su vaso, se puso de pie para estrecharlo con el de ella, con el de todos, que nos apuramos a llenar nuestros vasos y arrimarlo al de él.
Mi madre miró con agradecimiento a mi tía, levantando apenas su vaso tembloroso, acompañando sin palabras el brindis.
En el living apretujado de gente se oyeron los golpes de los vasos de vidrio en un instante en que sobraron las palabras y todos bebimos para celebrar y para olvidar.
domingo 2 de diciembre de 2007
Se fue de casa diciendo es mejor separarnos, llevándose su ropa y algunas cosas personales.
Estuve unos días moviéndome como una autómata empujando mis piernas y mis brazos repartidos a duras penas entre distintos territorios, casi sin oxigeno en mis pulmones inundados de cigarrillos consumidos en la soledad de la cocina en silencio y mi corazón latiendo por inercia.
Un día cálido de sol decidí abrir todas las ventanas de la casa.
Aspire una bocanada de aire, me sujete el pelo en un moño alto y metí mis manos en un par de guantes naranja fluor
A pesar de mis magras fuerzas de días anteriores, sacudí, barrí y fregué la casa con un raro impulso anclado en una bronca oculta.
Quité hasta la última gota de mugre escondida detrás de la cocina, lavé pisos y azulejos hasta verme reflejada en ellos.
Después me quite los guantes y me senté al sol.
Una sensación reconfortante llegó a mis oídos como una melodía suave.
Percibí que por las ventanas abiertas se disipaba el olor agrio del fracaso, y que ya no me lastimaban las aureolas grasientas de la frustración, las paredes teñidas por el gris encierro y los pisos manchados por la rutina.
Limpiar mi casa me había devuelto serenidad y fuerza.
Serenidad y fuerza para mirar los ojos tristes de mis hijos, calmarlos en las rabietas y guardar la comida que sobra por falta de apetito.
Serenidad y fuerza para enfrentar la canilla rota del duchero, las cuentas colgadas del imán en la puerta de la heladera y el dormitorio frío de madrugada.
Estuve unos días moviéndome como una autómata empujando mis piernas y mis brazos repartidos a duras penas entre distintos territorios, casi sin oxigeno en mis pulmones inundados de cigarrillos consumidos en la soledad de la cocina en silencio y mi corazón latiendo por inercia.
Un día cálido de sol decidí abrir todas las ventanas de la casa.
Aspire una bocanada de aire, me sujete el pelo en un moño alto y metí mis manos en un par de guantes naranja fluor
A pesar de mis magras fuerzas de días anteriores, sacudí, barrí y fregué la casa con un raro impulso anclado en una bronca oculta.
Quité hasta la última gota de mugre escondida detrás de la cocina, lavé pisos y azulejos hasta verme reflejada en ellos.
Después me quite los guantes y me senté al sol.
Una sensación reconfortante llegó a mis oídos como una melodía suave.
Percibí que por las ventanas abiertas se disipaba el olor agrio del fracaso, y que ya no me lastimaban las aureolas grasientas de la frustración, las paredes teñidas por el gris encierro y los pisos manchados por la rutina.
Limpiar mi casa me había devuelto serenidad y fuerza.
Serenidad y fuerza para mirar los ojos tristes de mis hijos, calmarlos en las rabietas y guardar la comida que sobra por falta de apetito.
Serenidad y fuerza para enfrentar la canilla rota del duchero, las cuentas colgadas del imán en la puerta de la heladera y el dormitorio frío de madrugada.
viernes 9 de noviembre de 2007
Yo subía y bajaba por una escalera caracol de madera con los pies descalzos, despreocupada y feliz asomándome a las ventanas abiertas de par en par desde donde veia el mar y escuchaba risas.
Después las escaleras dejaron de ser de madera. Fueron de hormigón duro, gris, y me tuve que poner zapatos en mis pies, y las escaleras eran empinadas desparejas, pero yo las subía igual con enorme esfuerzo.
Ya no había ventanas abiertas sino pasillos oscuros, no se veia el mar sino un panorama desolador. Ya no había risas, ni voces, solo bocas amordazadas.
Después de mucho tiempo, por fin, los hormigones cayeron.
Yo quería volver a andar descalza, despreocupada y mirar el mar sin nostalgia, ni dolor, volver a abrir las ventanas de par en par, y riendo decirte cuanto te quería.
Pero nada de eso sucedió.
Después las escaleras dejaron de ser de madera. Fueron de hormigón duro, gris, y me tuve que poner zapatos en mis pies, y las escaleras eran empinadas desparejas, pero yo las subía igual con enorme esfuerzo.
Ya no había ventanas abiertas sino pasillos oscuros, no se veia el mar sino un panorama desolador. Ya no había risas, ni voces, solo bocas amordazadas.
Después de mucho tiempo, por fin, los hormigones cayeron.
Yo quería volver a andar descalza, despreocupada y mirar el mar sin nostalgia, ni dolor, volver a abrir las ventanas de par en par, y riendo decirte cuanto te quería.
Pero nada de eso sucedió.
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